Libertad de represión.

Libertad de represión.
Javier Valdez
6 de Diciembre de 2015

Si no hay condiciones para la vida - así, en general, sin calificativos como digna, justa, pacífica -, tampoco hay para el periodismo. Y un país sin periodismo ni periodistas, es un país de silencios y complicidades, de muertos.

Aun así, en el país hay quienes hacen periodismo, entendido éste como un ejercicio de investigación, denuncia, observación, auscultación y crítica. En medio de la tormenta de balas y sangre, escriben, realizan pesquisas, traspasan paredes que se niegan y puertas que no se abren, para que la gente sepa qué pasa: una pizca, un trozo del infierno, del narco nuestro de cada día, al menos, para que los ciudadanos se la sigan jugando.

Es hacer periodismo posible, en condiciones imposibles. Periodismo de emergencia. Periodismo precario y vulnerable. Periodismo demencial y expuesto. Periodismo intrépido y audaz y creativo, pero también prudente. Ese es el periodismo que hacen medios como Zeta, Proceso, La Jornada, Ríodoce, Sin Embargo, Animal Político, Gatopardo y otros. Un oficio loco, solitario pero también desolador: en ocasiones el único nombre que aparece en la nota es del periodista, porque los denunciantes no quieren dar la cara: temen, se acobardan, se saben inseguros, están comprometidos con el poder, quieren usar a los medios y tirar la piedra, etcétera.

Además, muchas de las historias que escriben los periodistas se quedan como ese taxi del que habla Joaquín Sabina en sus canciones. En el extravío, en medio del desierto. Las notas, crónicas o reportajes no son replicados, se pierden en el papel de la edición, sin ser retomados por otros medios, políticos y legisladores, en alguna tribuna. No hay ecos y eso aumenta la vulnerabilidad. Los malos, que están dentro y fuera del gobierno, lo saben. Conocen la soledad de los medios críticos y la aprovechan. Es la vulnerabilidad, un signo de nuestros tiempos en el periodismo, el activismo, las víctimas y sus familiares, y la ciudadanía crítica. Van por otros y no pasa nada, entonces pueden venir por uno: sírvanse, dispongan señores. Nadie vendrá a reclamar.

Ahí están los 43 de Ayotzinapa, los cerca de 30 mil desaparecidos, los periodistas muertos y asesinados en Veracruz y otras regiones, las tres muertes de Sandra Luz Hernández – la de su hijo Édgar, la de ella misma y la propinada por el gobierno de Sinaloa, al revictimizarla - en Culiacán.

Por este horizonte de amenazas, en el que las balas tienen nombre y gana la maldad y se instala cotidiana en el ejercicio de gobierno, la impune criminalidad, la corrupción y nuestros actos cotidianos, es que se hace periodismo y que los activistas defienden los derechos humanos, y buena parte de la ciudadanía calla.

Se hace periodismo para contar alguna tajada de esta criminalidad, porque los tiempos no permiten contarlo todo. No quedarse callados ni replicar el discurso de los poderosos ni conformarse con contar los muertos – el llamado ejecutómetro -, sino ir más allá y contar la vida en medio de la muerte. Pero saber que no es posible publicar porque de lo contrario vendrá una boca oscura de AK-47 a buscarnos. Un gatillo, que ya tiene el dedo índice posado, parece esperarnos a que nos pasemos de la raya, esa invisible y móvil.

Hay que tenerlo presente, con sonidos de rotomartillo: el silencio es complicidad y muerte. Y el periodismo, este periodismo, no es cómplice ni está muerto.

Recuerdo un luminoso pasaje de la novela Sintiendo que el campo de batalla (1997), de Paco Ignacio Taibo II. El personaje principal, Olga Lavanderos, una reportera loca y desmadrosa,  le pregunta, una vez más, a su gurú, su maestro de periodismo, Santos, qué es el periodismo, y él contesta:

 

“Es la última pinche barrera que nos impide caer en la barbarie. Sin periodismo, sin circulación de información, todos levantaríamos la mano cuando el big brother lo dijera. Es la voz de los mudos y el oído extra que Dios le dio a los sordos. Es el único pinche oficio que aún vale la pena… es el equivalente moderno a la piratería ética, el aliento de las rebeliones de los esclavos. Es el único puñetero trabajo divertido que aún puede practicarse. Es lo que impide el regreso al simplismo cavernario. Contradictoriamente, es un asunto donde nuevamente hay cosas eternas: la verdad, el mal, la ética, el enemigo. Es la mejor literatura, porque es la más inmediata. Es la clave de la democracia real, porque la gente tiene que saber qué está pasando para decidir cómo se va a jugar la vida. Es el reencuentro entre las mejores tradiciones morales del cristianismo primitivo y las de la izquierda revolucionaria de fines del siglo XIX. Es el alma de un país. Sin periodistas todos seríamos muertos y la mayoría ciegos. Sin circulación de información todos seríamos bobos”.

Entonces hay que seguir haciéndolo. Aunque ellos, los del poder económico y político, contesten con represión y el monopolio del crimen, nosotros seguiremos ejerciendo, a medias, a dentelladas, a chingazos, la otra libertad, la completa. Toral y total. Y aunque no la haya, seguiremos hurgando.

25 de octubre de 2015

 

Referencias:

Taibo,[Paco Ignacio]. (1997). Sintiendo que el campo de batalla. Tafalla: Txalaparta.

 

 

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««Los malos, que están dentro y fuera del gobierno, lo saben. Conocen la soledad de los medios críticos y la aprovechan. Es la vulnerabilidad, un signo de nuestros tiempos en el periodismo, el activismo, las víctimas y sus familiares, y la ciudadanía crítica. Van por otros y no pasa nada, entonces pueden venir por uno: sírvanse, dispongan señores. Nadie vendrá a reclamar.»  »
Javier Valdez