Libertad de expresión, libertad reprimida.

«Una nación sin crítica es una nación ciega», escribió Octavio Paz en la edición inaugural de la revista Vuelta que, junto con Proceso, nació hace exactamente cuatro décadas tras el embate de Luis Echeverría contra el Excélsior de Julio Scherer García.

Y si una nación invidente deambula entre acantilados, como México, tarde o temprano va al abismo.

México marcha por un sendero peligroso: a la miseria que atormenta a más de la mitad de los mexicanos - una vileza en un país de pocos multimillonarios globales -, se han instalado las calamidades de la violencia, la corrupción, la impunidad, la simulación, el saqueo por todas partes y a toda hora.

Nuestra nación no ha enceguecido totalmente porque hay mexicanos que defienden la libertad de expresión como la vida misma, pero está en curso un proceso involutivo como en las peores épocas.

Hoy sólo los cómplices lo niega, pero el poder en México detesta la crítica, la acecha, la agrede y la mata.

No es ninguna metáfora, porque en 15 años de los gobiernos de Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto se ha impuesto la forma de censura más extrema que existe: el asesinato.

En ese lapso han matado a 107 periodistas, según la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), siendo en el sexenio del segundo el más cruento hasta ahora, cuando fueron privados de la vida 54 - ¡nueve cada año! - además de 47 atentados a medios de comunicación y 20 colegas desaparecidos.

Con Peña la situación ha empeorado: Ya van entre 11 y 21 periodistas asesinados, una variación que depende de la organización que lleve el cómputo, pero Artículo 19 afirma que, desde el 1 de diciembre de 2012, casi cada 24 horas hay un periodista agredido en México.

Según el informe de esa organización, difundido en marzo de 2015, los ataques a periodistas han aumentado 80% en comparación con el sexenio de Calderón, cuando un comunicador era agredido cada 48.1 horas.

Se trata de un fenómeno atroz desdeñado por los tres poderes del Estado y los tres órdenes de gobierno, una sordera institucional que comienza desde el Jefe de Estado y se replica hasta la base de la pirámide del poder.

Ante el desdén y la impunidad - que es de 90% de los casos - , hay una única certeza: las acechanzas, las agresiones y los asesinatos de periodistas continuarán en México.

Y así es porque hay algo peor que la indiferencia gubernamental ante esta infamia: el silencio de los más prominentes medios de comunicación y periodistas de México.

Esta indolencia de los más conocidos medios y periodistas es otra perversión derivada de la concentración mediática. Son pocos los dueños de los medios y piensan igual, y son pocos los periodistas que todo lo abarcan y piensan igual.

Joaquín López Dóriga, Carlos Loret de Mola, José Cárdenas, Ciro Gómez Leyva, entre los más conocidos, conducen programas en televisión y radio, escriben en medios escritos y poseen sus propios sitios digitales. No salen de la capital, pero tienen presencia es todo el país.

Tienen, además, la misma agenda: Defienden los mismos intereses, atacan a los mismos enemigos, elogian a los mismos y hasta dialogan entre sí. 

Usan, también, la misma coartada para justificar su muy peculiar libertad de expresión: para no criticar al poder y a los poderosos políticos, económicos, religiosos y mediáticos, se ensañan contra los opositores.

Y cuando no son obsequiosos y zalameros, simplemente ocultan la información. 

Esta relación perversa entre medios de comunicación y poder público se afianzó  con la alternancia, en particular el uso de la publicidad gubernamental como mecanismo de control, de pago de favores y castigo a los críticos.

El «no pago para que me peguen» de José López Portillo está plenamente vigente y lo prueba el hecho de que hay medios y periodistas que pegan para que les paguen.

A los periodistas corruptos el poder los embrutece con dinero y solapa sus excesos. A los independientes, les arrebata espacios, los hostiga y los mata con toda impunidad.

Eso es lo que pasa con el gobernador de Veracruz, Javier Duarte, a quien hasta sus amanuenses lo saben un sátrapa. Si en ese estado se han acumulado 14 asesinatos de periodistas en cinco años, entre ellos el de Regina Martínez, corresponsal de Proceso, no es porque ese estado sea libre y soberano, sino porque su superior en la jerarquía constitucional, el jefe de Estado, lo tolera y por tanto lo avala.

No es una conducta fortuita del poder, sino una estrategia de neutralización: Si los periodistas saben que pueden ser asesinados, ellos o sus familias, sobreviene la autocensura y dejan de investigar y de difundir asuntos que la sociedad tiene derecho a saber y que a menudo afectan al poder.

Por eso la relevancia del asesinato de un periodista no es porque la vida de éste tiene más valor que la de otra persona, afectada también por la violencia, sino porque su comisión - y su debido esclarecimiento - es clave para romper el círculo de impunidad en una sociedad.

Si los periodistas - y los medios - viven sometidos al terror, a la incertidumbre o prefieren el disimulo, no cumplirán con su trabajo de informar sobre la violencia, la corrupción, la impunidad, la violación de derechos humanos y de todo tipo de abusos de poder.

Y si no hay información, la sociedad no toma conciencia ni se indigna ni se moviliza para reclamar, con lo cual se fortalece el ciclo de impunidad que está plenamente vigente en México.

México vive una mala hora: se confunden ya los poderes constitucionales con los poderes empresariales, religiosos, mediáticos y criminales y esta colusión representa la principal amenaza a la libertad de expresión de los ciudadanos que, desde las redes sociales, por ejemplo, someten a los poderes al escrutinio y a la crítica.

Con todo, en esta mala hora de la nación, es deber de periodistas y ciudadanos no claudicar en el deber de ejercer la crítica al poder, a los poderes. Es evitar la ceguera de la nación que nos conduzca al precipicio…

 

 

Álvaro Delgado

A los periodistas corruptos el poder los embrutece con dinero y solapa sus excesos. A los independientes, les arrebata espacios, los hostiga y los mata con toda impunidad.

Álvaro Delgado
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