La Violencia y la Parálisis Cívica

La Violencia y la Parálisis Cívica
Dr. Benjamín Fernández Bogado*
30 de Julio de 2016

 

Después de muchos años de dirigir programas de televisión y presentar noticieros que fueron un gran éxito en comunicación e impacto social, me retiré para ver la vida desde una posición más reflexiva. Era el fin de una era dominada por un relato en donde las instituciones, la democracia y la libertad hacían parte central del discurso cívico. Fueron más de 20 años de mi vida tras una pantalla a través de la cual ingresaba en la vida y los hogares de millones.

 

Era además el inicio de una combinación de épica y de ética en democracia en donde la forma de cómo contábamos los hechos, era en el fondo el tipo de sociedad en la que queríamos vivir.

 

Esta introducción viene a cuento de lo que he venido siguiendo primero con asombro y luego con estupefacción. Los informativos de televisión en gran parte del Cono Sur de  América Latina, hoy reflejan la violencia como parálisis  social, como agresión a la intimidad, como falta de respeto al dolor y como una combinación de morbo e irresponsabilidad como nunca antes había conocido. Los informativos están llenos de robos bagatelarios y sangre, mientras las grandes formas de corrupción quedan sin ser reflejados. También están llenos de una violencia que fundamentalmente golpea a los sectores populares con el peregrino argumento de que con eso deben sentirse agradecidos que aún siguen con vida y que las diferentes formas de violencia económica y social que padecen, son absolutamente nimias ante el horror y la muerte que se transmiten en los mejores horarios de televisión. Vivimos en una transmisión en directo de los hechos violentos vistos casi como un reality show donde no importan ni las causas y menos las consecuencias.

 

Violencia e injusticia

 

Los números no son menores en las estadísticas celosamente guardadas, manipuladas o nunca analizadas. Brasil es un excelente ejemplo. El país más poblado de Iberoamérica con más de 200 millones de habitantes, registra anualmente 54 mil asesinatos.  Una cifra que ha llevado a que un ex ministro de seguridad de Lula afirmara que su país «vive un genocidio de escala mundial ignorado por todos». Tiene razón Luis Eduardo Soares, pero si vemos los números en Honduras, Nicaragua, Venezuela, Colombia o México, debemos concluir que los altos números sangrientos no son  particulares de un sólo país. 

 

La violencia existe y tiene consecuencias en la inequidad social y económica en la que viven nuestros países. Somos el subcontinente menos igualitario del mundo. Estamos más raves que las naciones africanas a las que, despectivamente y por un largo tiempo, las usamos como referencia de lo peor. Aquí en América Latina las diferencias de ingresos entre los que más tienen y los que menos, son las más altas del mundo. Hemos creado las condiciones para vivir en violencia. Sólo es cuestión de agitarse convenientemente para que salten los resultados que nos muestran cómo ella (la violencia) no sólo vive en la marginalidad de donde se extraen los personajes para evadirnos de mirar el conjunto de un bosque plagado de los peores ingredientes violentos.

 

Los medios de comunicación han sido usados para sostener estas cifras pero especialmente para no mirar sus causas más complejas y amplias. Es más fácil justificar la violencia desde la marginalidad de unos cuantos millones de los que nada se puede esperar si viven donde viven. En la marginalidad social solo se puede ser marginal es la conclusión simplista de un hecho social más complejo y real.  Desde ahí se hace el relato televisivo diario en los primeros horarios de transmisión hasta el momento de ir a la cama. El miedo y la parálisis, además de la gratitud de pellizcarse vivo, aun hacen parte de un guion muy bien precisado para que ni intentemos reaccionar.

 

Los cuerpos de seguridad privada hoy superan a los policías del Estado donde la gran mayoría de ellos son socios, amigos y contertulios de los criminales. La peor expresión de la inseguridad es estar seguros de que quienes tendrían que cuidarnos de ellos, son parte de ese entorno de criminalidad y de miedo. El número es tan grande, que la denominación de polibandis es frecuente en la jerga popular que los describe como parte de ese guion sostenido en los actores marginales y no en los roles protagónicos que han hecho -entre otros- del secuestro uno de los negocios más rentables a nivel social.

 

Democracia y corrupción

 

Existe una resignación social peligrosa en América Latina, que desemboca en la creencia que sostiene que los demócratas no pueden contra ella; lo que alimenta el intenso rumor de que sólo los autoritarios con sus técnicas y métodos de terror los pondrán en cintura.  Si a esto le sumamos el negocio de las drogas adornado con una «estética del terror», que es sostenida através de la música, de series de televisión, de roles protagónicos a nivel social o deportivo e incluso en papeles estelares en la política. No podemos más que concluir que la violencia no es sólo la que sangra en las pantallas de los informativos, sino es la que se vive cotidianamente entre nosotros y que se manifiesta en un número de muertos del que uno se excluye levantando muros más altos en sus casas, pagando seguridad privada y costosos sistemas de cámaras que pretenden disuadir que la violencia toque el timbre de nuestras vidas.  Tenemos un cuerpo social gangrenado por la violencia.

 

Estamos huyendo de la realidad social y económica, pretendiendo vanamente recrear la violencia de los marginales como un fenómeno natural a su condición y no como la consecuencia de otras miles de formas violentas que nos atosigan de manera frecuente. Es violenta la desigualdad social, la distribución de los ingresos, el cobro de los impuestos, el egoísmo de las élites sociales y  la clara ausencia de amor (en el sentido de Arendt)  por parte de un Estado que mira impávido cómo le han sacado todas sus banderas de legitimación del poder delegado y establecido y cómo lo han sustituido por capos mafiosos que dominan extensos territorios sociales. Éstos incluso son vistos con gratitud por poblaciones abandonadas de toda forma de asistencia y agradecen que los violentos, que han surgido como hongos, sean los proveedores de servicios públicos desde agua, luz, casas e incluso y paradójicamente: seguridad.

 

Estamos mirando la violencia desde una perspectiva sesgada, parcial y equivocada. Lo hacemos de ex profeso desde los medios dominados por una percepción equivocado, que cuando elige mostrar el horror cotidiano cree que como un mantra repetido terminará por expiar sus propias culpas y responsabilidades.

 

Somos un territorio de violencia porque pretendemos tontamente que con sólo repetir sus consecuencias en un sector social determinado nos pondremos a resguardo de ella. Debemos reconocer somos el sub continente más violento e injusto en el mundo; que si miráramos la realidad desde la última afirmación de injusticia, es probable que nuestra pretensión, sesgada de arrinconarla a ella en el sector que peor padece sus consecuencias, sea un relato, además de parcial, absolutamente tonto.

 

La fratricida violencia

 

La violencia entre los hermanos, latente desde los tiempos de Caín y de Abel, se refleja hoy en unas estadísticas escalofriantes, que incluso a veces se pretende justificarla en la adolescencia de nuestros tiempos de república. Echamos manos a la Constitución y a las leyes, al sistema penitenciario que no funciona, a la cantidad enorme de órdenes de captura que tampoco funcionan y a la repetición machacona de la corrupción del Estado en general, cuando en realidad somos un subcontinente violento porque aún no decidimos ser una República gobernada por las normas, en donde la educación y el desarrollo -no el progreso- sea el blasón y marca de un gobierno que no rehúya de su responsabilidad de crear mejores condiciones de seguridad, previsibilidad, pero sobre todo, de equidad social.

 

Mientras eso no acontezca la violencia sobre la que se divierten los medios y muy especialmente la televisión todos los días, seguirá mostrándonos las consecuencias; haciendo que la distracción coloque la mirada en el dedo y no en la luna.

 

Hay que mirar las causas para entender las consecuencias, hay que hacerlo desde el coraje de los pueblos maduros, no desde la perspectiva adolescente que siempre encuentra culpables en los otros para evitar miradas más penetrantes hacia el interior de su propia responsabilidad.

 

Cuando eso acontezca, los medios de comunicación reflejarán el anhelo común de vivir, por fin, en una democracia de iguales donde juntos compartamos el mismo destino. Como lo dijera muy bien el poeta inglés John Donne, en su célebre poema titulado «Ningún hombre es una isla» y que decía:

 

Ningún hombre es una isla, 
entera en sí,
Cada hombre es pieza de continente,
parte del total.
Si el villano es arrastrado por el mar,
Europa se reduce.
Cual si fuera promontorio,
cual si fuera coro de amigos,
o fuera propia:
Toda muerte me disminuye,
pues estoy con la humanidad
Así no pidas saber por quién dobla la campana;
dobla por ti.

 

 

 

No más  comunicaciones evasivas, no más libretos que justifiquen lo que está mal… no más miradas marginales de la violencia. Cada vez que la violencia ocurre, debemos observar cuánto de nosotros es responsable de que ella ocurra. Para Donne podría haber sido la expresión estética de una realidad… Para nosotros hoy, es una cuestión de supervivencia.

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*Es doctor en Derecho. Profesor Universitario y comunicador paraguayo. Autor de más de 15 libros sobre democracia, medios, ciudadanía y compromiso cívico.

 

 

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