Gilgamesh y la violencia

 

La violencia es una característica fundamental del ser humano. Es parte de su naturaleza, de su conciencia, de su ser. Difícilmente, sin ella, el ser humano podría seguir siendo ser humano. Este ser humano, el que conocemos, el que creció con el paradigma del poder, de lo grandioso, de la civilización, de la gloria, de lo sagrado como superior a lo humano, no. Tal vez otro, un ser humano anterior a la creación. Ajeno a la humanidad que hemos creado.

El ser humano que conocemos necesita de la violencia para vivir, para ser. De la violencia entendida de acuerdo a su definición más común: como el uso de la fuerza para imponerse frente a otro. Al otro.

Y por ahí podemos comenzar: la fuerza y el otro. Aunque el ser humano convertido en individuo puede ejercer violencia en contra de él mismo, es la violencia en contra del otro la que nos importa. La violencia en contra del semejante que desde el principio no es reconocido como semejante, sino como “el otro”, el que amenaza, el que no es yo, pero tal vez es yo mismo.

Hay dos autores, dos filósofos franceses que fueron muy amigos y que algunas frases de ellos me persiguen mientras redacto estas líneas: Jacques Derrida y Emmanuel Levinas.

Del primero, no deja de darme vueltas en la cabeza su referencia a <<la fuerza del derecho>> contra <<el derecho de la fuerza>>. La fuerza siempre como reguladora de las relaciones entre los seres humanos. Ya sea imponiendo la relación civilizatoria del derecho, esquema a través del cual buscamos someter todas nuestras acciones, o imponiéndose a estas relaciones <<civilizadas>> por la fuerza.

La fuerza como sostén del derecho, recordemos el llamado <<uso legítimo de la violencia de estado>> y la fuerza imponiendo su poder, salvaje, irracional, a todo intento de civilización del derecho.

Lo paradójico es que la fuerza no se puede desterrar por sí misma. Nos tiene condenados a vivir bajo la sombra de su presencia, haciendo inútiles nuestros esfuerzos por disfrazarla de convivencia civilizada bajo la protección del derecho.

Ignoro si Derrida llegó a esta conclusión, pero siempre será el derecho de la fuerza quien va a regir el destino del ser humano.

De Emmanuel Levinas, me atrae mucho su idea de la ética como responsabilidad frente al otro. Su idea de verse uno mismo como el otro. En los ojos del otro. Negar al otro porque somos nosotros mismos. O viceversa. El prójimo, frente a quienes somos responsables, sin importar quién sea. Es el prójimo.

Yo soy posible sólo por la existencia del otro. El otro no solo es el límite de mi propia libertad, porque no está determinado a partir de mi ser. Frente a él soy responsable, de mí y de él.

Levinas identifica al otro con las figuras del huérfano, del extranjero, de la viuda, ante quienes estoy obligado a responsabilizarme de sus necesidades. Figuras determinantes en la historia y muy actuales que inmediatamente sugieren debilidad. Y exponen mi propia debilidad.

El otro es mas importante que la búsqueda de la verdad, que la civilización, la ciencia, y que la racionalidad ignorante del otro, fuente de guerras y de holocaustos.

Levinas intenta transformar la fuerza en caridad, como una forma de quitarle su dureza al Estado protector de las leyes. Dureza que lo convierte en una máquina ajena a la sensibilidad de los seres humanos y nos deja, otra vez, prisioneros de la sombra de la fuerza.

La Ética, no la fuerza, parece que nos grita Levinas.

La violencia no es externa al ser humano. No le es impuesta por nadie. La violencia es el ser humano. Este ser humano en el que nos reconocemos.

Normalmente se piensa que la violencia es una reacción irracional de la bestia, actos irracionales impensables en la naturaleza de un ser humano sensible, civilizado: yo no soy ese, el que insulté o golpeé, no me reconozco, no puedo ser él.

Un ser humano no puede torturar, desmembrar, incinerar, decapitar, violar, asesinar de manera cruel, de manera salvaje a un semejante.

La respuesta está en los versos del poeta cuando se pregunta cómo un torturador puede llegar a su hogar a hacer el amor con su mujer con las manos manchadas de sangre.

Somos la misma persona, la que tortura y hace el amor. La que viola y acaricia: la misma mano que en la noche me sujetaba del cuello para violarme, por el día me acariciaba la mejilla para confesarme, dice el testimonio de una joven violada por un cura en una casa hogar.

 

Los soldados de la ONU que intercambian felaciones por galletas a los niños hambrientos, a sus protegidos, a quienes fueron a rescatar del horror. De otro horror.

La familia reunida amorosamente frente al televisor  regocijada con el espectáculo de bombas que devastan pueblos y aldeas de aquellos quienes previamente les fueron presentados como una amenaza para la tranquilidad de su hogar, de su país, de su civilización.

 

Gilgamesh es la historia escrita mas antigua encontrada hasta ahora. Una parte de la sabiduría babilónica escrita casi al mismo tiempo en que el ser humano inventó la escritura.

Antes de la Biblia, en ella se habló del diluvio y de la lucha por el poder entre dioses. De la vida eterna y de la necesidad de combatir a la violencia.

Frente a la violencia en exceso provocada por Gilgamesh, un semidiós poderoso y desbordado como todo dios, semidiós u hombre con poder, los mismos dioses se compadecieron del sufrimiento de sus criaturas terrestres y de la arcilla crearon un ser, igual de poderoso, primero un bárbaro habitante de las estepas, capaz de comunicarse con las bestias quienes lo desconocieron cuando una prostituta con sus artes lo atrajo a la civilización para enfrentarlo a Gilgamesh.

<<Tú, Aruru, creaste el hombre. Crea ahora su doble, con su corazón tempestuoso haz que compita. ¡Luchen entre sí, para que Uruk conozca la paz!>>

Desde entonces, aunque la historia de Gilgamesh toma otro camino, el hombre y su doble siguen luchando, siguen empleando la fuerza, la violencia desmedida.

Y Uruk aún no conoce la paz.

 

 

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Roberto Castelán Rueda es Dr. En Historia por la Universidad de Paris I, Pantheon Sorbonne, así como director de la Prepartoria Regional de Lagos de Moreno.

Roberto Castelán Rueda*

 

La violencia no es externa al ser humano. No le es impuesta por nadie. La violencia es el ser humano. Este ser humano en el que nos reconocemos.

 

Antonio Tovar
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