Frecuencia ¿Libre?

Hace años, cuando Ricardo Rocha era director de Televisa Radio y la radio juvenil en México iba más allá de los 40 principales y EXA, Luis Gerardo Salas me invitó a realizar una sección de noticias en su programa “de 2 a 4 “. El creador de Rock 101 era quien tenía el rating más alto de WFM y experimentaba con formatos que, hoy, se escuchan arcaicos como lo es la lectura de correos electrónicos.

Además de dichas secciones “novedosas”, Luis me pidió que desarrollara una de noticias. La estación tenía un espacio informativo a partir de cápsulas que se transmitían entre las 7 y las 20 horas; pero la sección del espacio de 2 a 4 tenía ciertas particularidades donde, si bien no se editorializaba la nota, el contexto musical y la posición de la misma en el programa lo dotaban de energía e intencionalidad.

El programa terminó al aceptar Salas una oferta de rescate del Núcleo Radio Mil por parte de su familia. Nunca hubo, por parte de funcionario alguno de Radiopolis, intentó alguno de censura.

Hasta el final.

En el programa de despedida, el director de la estación se acercó para ponerme una mano en la boca mientras daba la nota final. Entre broma y broma, la declaración era que el intento venía por una orden insistente y que se había parado, de un director comercial que negociaba contratos de gobierno.

Lo anecdotario de la viñeta solo es un pequeño colofón a lo vivido y reseñado, una y otra vez, en mi paso por el cuadrante. Durante años, se ha pensado que la radio tiene un halo de libertad mayor o de mayor alcance que otros medios. En parte, se tiene razón pero, no se considera que el embate del poder hacia la libertad radiofónica tiene otro tipo de consecuencias que, en la mayoría de los casos, perdura hacia el periodista que utiliza el micrófono para denunciar el mal uso del poder.

La posibilidad de utilizar la radio como vehículo de ensanchamiento de libertades comenzó en los ochenta. Por un lado, el férreo control televisivo del régimen y el temor de la prensa escrita de perder el financiamiento público a partir de la publicidad oficial, convirtió a la radio en un campo donde la amenaza al poder era menos visible. Los contenidos musicales predominaban y la radio hablada era encapsulada a la amplitud modulada, aun muy popular entonces pero en declive ante la fidelidad de la FM.

Ahí surgieron los intentos de Gutiérrez Vivó y de Ferriz de Con de romper el techo de cristal. Lo hicieron en caminos distintos pero igual de exitosos. Gutiérrez, con una forma metropolitana y de crítica hacia la ineptitud gubernamental en temas capitalinos, ganó una fuerza enorme entre la población del Distrito Federal que, harta de la ineficiencia de los regentes y con la afrenta de una ciudad semidestruida por un terremoto, vio en él la válvula de escape hacia la queja nunca escuchada por parte de la autoridad.

Pedro Ferriz siguió la ruta empresarial. Luego de negociar con la familia Vargas para lanzar un noticiario en español en una estación donde todo - hasta los identificativos - era en inglés, decidió que su discurso iría hacia la clase empresarial del país. La cima de la pirámide económica mexicana comenzó a seguir Para empezar, como medio de influencia en una clase gobernante que, así, vio que los 300 empresarios que mantenían la endeble estabilidad económica tenían algo que decir. 

En ambos casos, Monitor y Para Empezar reflejaban una voz conocida, desatendida por los demás medios. De la misma forma, Rock 101 y WFM comenzaron una batalla por un espectro similar de público solo que en un rango distinto de edad.

La aparición de ambos formatos - de opinión y musical con contenido - ayudó a que otros se atrevieran y, con ello, las fisuras en el muro contenedor del sistema aumentaran.

Aumentaran pero no que fueran causantes de su caída.

Como en cualquier construcción, las fisuras dejarán pasar filtraciones pero se arreglan. El sistema lo ha hecho en todas las formas y estrategias posibles.

Denuncias de censura en radio ha habido decenas en los últimos 20 años. Miguel Ángel Granados Chapa, René Delgado, Francisco Huerta, Nino Canún, entre otras. Todas, antes de la transición. Después de ella, en mismo esquema bajo distintos argumentos.

Gutiérrez Vivó sufrió el acoso publicitario. Parte error de estrategia y parte, también, fallo en el cálculo del enemigo, la voz que México escuchaba se diluyó ante su pleito con Radio Centro y la indiferencia - o, acaso, desdén - del poder que no solo fue sordo hacia la aplicación de la ley sino cómplice en la aniquilación ante la cancelación de publicidad oficial. Todo, luego que el comunicador abriera sus micrófonos de forma recurrente al principal opositor del “nuevo régimen”. 

Ferriz debió dejar su espacio en radio ante la aparición de grabaciones íntimas filtradas tras la crítica constante hacia la política financiera del gobierno federal. Como corolario, el caso Aristegui quien, luego de errores claros de rigor en reportes vertidos en su noticiero radiofónico - el más exitoso luego de la salida de Gutiérrez Vivó y Ferriz de Con - contrató a un equipo de investigación que develó el posible conflicto de interés de la familia presidencial con un contratista gubernamental. Hoy, la comunicadora y el equipo están fuera del cuadrante por, según la explicación del dueño de la emisora, conflictos de interés en el uso de la marca. 

En el caso de la radio juvenil, Rock 101 y WFM tienen más de una década de haber desaparecido. No por falta de público hacia los conceptos - o hacia RadioActivo, en su defecto - sino hacia el espejismo de acceso a mayores presupuestos e influencia a partir de la radio hablada por parte de los concesionarios. La radio hablada en ebullición no para comunicar, sino para tener un mayor beneficio financiero. El negocio de comunicar sin decir nada.

En todos los casos, la atomización del medio y la velocidad del mismo juegan contra el periodista o el concepto. La protesta se viraliza y vive una curva que termina por ser aniquilada por la rutina. El hueco periodístico se llena con otras voces o se prefiere el vacío, pero atenta contra el ímpetu del comunicador. El concesionario podría sufrir en el corto plazo, pero el negocio de la Radio es generoso y, tarde que temprano, llena el boquete financiero con otra voz, otro concepto, otro patrón musical. 

Hoy, la Radio se dulcifica. Pocos espacios permanecen críticos y todos se pelean los mismos temas que interesan al poder pero tienen poca solidaridad con el escucha. Los problemas metropolitanos quedan a un lado o se opacan con la agenda homogénea que se replica en casi todos los noticiarios del cuadrante.

Los nombres de los caídos en la lucha por su visión de verdad se diluyen en el trayecto. Los conceptos musicales juveniles se vuelven genéricos y predecibles. Pocos son los que levantan la voz ante una audiencia más demandante de información y más informada aunque sea de manera superficial de una mayor amplitud de temas. 

Como en los ochenta, la ciudadanía ha comenzado a buscar fisuras en el muro. Las redes sociales y páginas de internet son - con sus defectos y falta de rigor y profundidad - uno de los ejemplos de ello ante la claudicación de la radio en general que, en círculo perfecto, se encuentra en su mayoría en el punto de arranque.

Toda una vuelta al Dial.

 

Gonzalo Oliveros

«la ciudadanía ha comenzado a buscar fisuras en el muro. Las redes sociales y páginas de internet son - con sus defectos y falta de rigor y profundidad - uno de los ejemplos de ello ante la claudicación de la radio en general que, en círculo perfecto, se encuentra en su mayoría en el punto de arranque.»

 

Gonzalo Oliveros
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