Fama en infinitum: Cuando el sueño parece demasiado posible

 

 

“Hola Lorena soy escritora como tú. Tengo 13 años y ya acave mi primer novela pero la mande a una editorial y no me an contestado. Queria saber si me podias dar un concejo o un email de tu editorial porque noquiero que esto se quede en un sueño porq la gente me dice que escrivo muy bien . te mando mi novela para k la leas y si me puedes decir como publicarla. bay!!»

 

 

 

Cuando era niña adoraba a dos personas: a Brad Pitt y a la cantante argentina Nacha Guevara. Al primero le escribí apasionadas cartas en mi diario. A la segunda la tomé como mentora, me sabía todas sus canciones, incluyendo su versión libertaria del Padre Nuestro, que arqueaba muchas cejas cuando la declamaba desde el segundo piso de mi colegio judío. Siempre quise decirle lo importante que era para mí, y cuando dio un (horrible) concierto en el Auditorio Nacional, mi padre halló el modo de llevarme tras bambalinas para que le diera una carta. La Nacha me trató fatal: no le dio importancia ni a mi admiración ni a mis aspiraciones a convertirme en una intérprete como ella. Me dije que si algún día era famosa y alguien me pedía consejo, no sería así.

 

 

 

Escribo para jóvenes y me he dedicado en presentaciones, talleres, y en mi contacto directo con ellos, a motivar que se expresen, a decirles que lo que tienen dentro vale. El tema es que no soy la única. Esta época le dice eso a todo el mundo y todos lo creemos. Más allá: esperamos un inherente reconocimiento de lo especiales que somos. Hoy, un chico con Instagram es fotógrafo, otro con webcam es crítico literario, el que domina twitter es líder de opinión y otro más, filmado en el momento correcto, es famoso, así nada más, famoso como Paris Hilton cuya fama salía, inexplicablemente, de su propia fama.

 

 

 

Cuando a los nueve años decidí que sería escritora, mi padre empezó a hacerme leer capítulos de El Oficio de Escritor, en el que los grandes hablaban de cómo se habían convertido en lo que eran. Comprendí que había un largo camino por recorrer y me puse a ello. Tomé como modelo a la protagonista de Mujercitas, que cada madrugada se refugiaba en el desván para escribir sus cuentos, los sometía a la crítica de sus hermanas y los enviaba infructíferamente a concursos. Cuando un amigo cuestionó su estilo, Jo se deprimió, pero se dio a la tarea de autocriticarse y logró, a los 25 años, acercarse al tipo de literatura que estaba destinada a crear. Tomaría tiempo, me quedaba claro. Tiempo y esfuerzo.

 

 

 

Cuando era niña, había cuatro canales de tele; hoy cada persona es un canal, las opiniones de periodistas profesionales conviven en el mismo espacio virtual que las de blogueros adolescentes y todos calificamos películas, libros, restaurantes, a las personas, incluso. La nube es tan vasta que es imposible censurarla: nunca ha habido más libertad de expresión para los jóvenes que hoy ni más posibilidades de tener 15 minutos de fama. El problema es que los queremos ya. En Infinitum. Y los aspirantes a escritor quieren publicar sus libros ya. Ser famosos ya. El mundo los ha convencido de que lo merecen.

 

 

 

No me malinterpreten: estoy más que a favor de las oportunidades que ofrecen estos nuevos medios, sobre todo en cuanto al tema de mi incumbencia: los jóvenes y la literatura. La retroalimentación, el diálogo, la expansión de los mundos literarios al de carne y hueso y, sobre todo, la caída de ese pedestal del Autor, son cosas que me apasionan y defiendo. Quiero ser lo contrario a la Nacha; México necesita más voces. Bravo por la sana autoestima y la libertad de expresión. La cuestión es la línea que divide la libertad de expresión de la exigencia de consumo.

 

 

 

Escritor es el que escribe; publicar es otra cosa. Y uno escribe porque tiene historias dentro, porque ha hallado en el lenguaje el camino para hacerse las preguntas correctas, porque no puede evitarlo. Ni quiere. El derecho a escribir nadie te lo quita, pero con él no viene incluido el derecho a la fama ni a la fortuna, vaya, escribir ni siquiera garantiza el derecho a ser leído. La aparente democracia mediática nos ha convencido de que todas las historias, por existir, merecen ser leídas, que todas las opiniones, por expresadas, son igual de válidas.

 

 

 

Insisto: me llena de emoción que tantos chicos me envíen correos como el de arriba; recibo dos o tres por semana. Me emociona que sus mentes estén llenas de historias, sus almas de pasión. Pero me preocupa que nadie les mande los capítulos de El Oficio de Escritor. Que no tengan que pasar en limpio sus textos y descubran que están llenos de errores. Que no se comparen con nadie porque son tan únicos y maravillosos. En fin, que piensen que nacieron en la cumbre de la montaña y no en sus faldas.

 

 

 

 Yo también empecé a escribir mi obra magna a los trece años. Para entonces había concursado en certámenes escolares y comunitarios, incluyendo uno de poesía dedicada a la Cruz Roja; había que mecanografiar los textos y mandarlos por correo. Tenía cuadernos llenos de engendros y un librero bastante nutrido para mi edad. Decidí que estaba lista.

 

 

 

 Mi obra magna estaría situada en la Primera Guerra Mundial (la Segunda estaba muy trillada), así que renté, bajo la sorprendida mirada de la bibliotecaria del colegio, la Crónica de la Primera Guerra Mundial, y me puse a elaborar fichas bibliográficas. Mis personajes serían franceses: renté películas de cine francés para sacar de ahí los nombres. Los viernes eran días de escribir; los domingos de corregir. Cada frase debía ser perfecta ¿Publicar? Ni pensarlo. La novela me llevaría entre dos y diez años, como a mis escritores favoritos. Tras ocho arduos meses, comprendí que, por el bien de la Humanidad, debía abandonar las 60 páginas y comenzar de nuevo: tirar a la basura el 80% de lo que uno produce es la mitad de ser escritor. Levantarse al pie de la montaña donde uno ha vuelto a caer, es la otra mitad.

 

 

 

En Ratatouille, la película acerca de un ratón chef, dicen: “Cualquiera puede cocinar». Sin duda. Pero nadie puede obligar a alguien más a comer lo que no quiere. No es esnobismo cultural: mi propia literatura es a menudo criticada. Se trata de expectativas y de lo que pasará con estas nuevas voces, que de tanto gritar de pequeñas, se quedarán afónicas muy pronto. Me preocupa esta quema prematura de cartuchos, y que una generación entera pueda quedarse sin pólvora antes de los 20 años de edad. Habrán enviado sus textos crudos a todas las editoriales y descubierto que el mundo les mintió. No volverán a intentar nada. Alguien tiene que decirles que hay mucho trabajo que hacer. Que llenar páginas de palabras no basta. Que enviar un manuscrito por mail no obliga al receptor a leerlo y que, como mínimo, deben respetar su herramienta de trabajo y (¡por Dios!) no tener faltas de ortografía.

 

 

 

¿Puede haber talento a los 13 años de edad? Sin duda. Pero a riesgo de romper la promesa que hice aquel día, cuando abandonaba cabizbaja el Auditorio, tengo que decir que ese talento es necesariamente de carbón, a pulirse a base de golpes. El talento llega; el oficio se desarrolla y el proceso no es indoloro, ni debe serlo. Y es que cuando el sueño parece demasiado posible, uno deja de perseguirlo y espera que llegue, flotando como una pluma. Pero no es una pluma: es una montaña, y no la de Mahoma, que vendrá a ti. Hay que subir, tropezar, rodar abajo y volver a subir. Hay que leer, corregir, concursar, exponerse a las críticas, perder. El equilibrio entre la arrogancia y la humildad es precario, el camino es largo, los obstáculos son muchos, pero el que es escritor seguirá escribiendo. Porque, pues, porque es escritor. 

 

 

 

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 *Lorena Amkie es escritora. Nació en la Ciudad de México en 1981. Ha publicado la Trilogía Gótica (Gothic Doll, 2010, Gothic Soul, 2012 y Gothic Fate, 2013, Editorial Planeta), el libro de cuentos Relatos de Impunidad (BPLEL, 2015) y El Club de los Perdedores (Planeta, 2015), novela juvenil que se ha editado en todos los países de habla hispana. Imparte talleres de fomento a la lectura y escritura para adolescentes, colabora mensualmente en la revista  y semanalmente en el periódico Sin Embargo.

 

 

 

 

Lorena Amkie*

Escritor es el que escribe; publicar es otra cosa. Y uno escribe porque tiene historias dentro, porque ha hallado en el lenguaje el camino para hacerse las preguntas correctas, porque no puede evitarlo. Ni quiere. El derecho a escribir nadie te lo quita, pero con él no viene incluido el derecho a la fama ni a la fortuna, vaya, escribir ni siquiera garantiza el derecho a ser leído. La aparente democracia mediática nos ha convencido de que todas las historias, por existir, merecen ser leídas, que todas las opiniones, por expresadas, son igual de válidas.

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