El fin de los medios.

El periodismo es un puente que se eleva para alcanzar la otra orilla, un faro que aluza donde nadie ve y un gato que acecha un callejón prohibido. Un incrédulo que pregunta y pregunta, un mago mediocre con una persistencia infinita y unos pies que caminan para saber más.

Sin este periodismo, jamás hubiéramos sabido que el Ejército asesinó estudiantes en Tlatelolco 1968, que los militares cometieron actos atroces en Argentina, que las fuerzas de Pinochet desaparecieron a miles, que Nixon espiaba a sus rivales, que  Obama mintió al narrar la cacería de Osama Bin Laden,  que el PRI robó elecciones, que un dictador de Liberia presumía de beber la sangre de sus enemigos y que unos militares con órdenes de cuidar a una comunidad en Chiapas ejecutaron a tres indígenas en 1994 (y un gobierno del mismo régimen lo reconoció y ofreció disculpas 21 años después).

En el diario El Universal, en el verano de 2015, Ricardo Alemán escribió que le resultaba “vulgar, ofensivo y vergonzoso que un grupo de periodistas exigiera al gobierno un trato de privilegio e impunidad, ante una sociedad relegada a segunda clase”. Se refería a una carta suscrita por 500 reporteros y escritores solicitando al presidente Enrique Peña una investigación a fondo del asesinato de Rubén Espinosa, un fotógrafo que ocupó el funesto número 14 en la lista de periodistas asesinados en los últimos tres años, cuyo trabajo tuvo como epicentro el estado de Veracruz.

¿Qué pierde la sociedad cuando un periodista independiente muere?

Pierde el derecho a saber, se atenta contra el derecho de la sociedad a conocer lo que un gobierno no informa en las gacetas pagadas. Porque cuando un reportero independiente muere, una luz menos alumbra la oscuridad y se desvanece la posibilidad de saber qué pasará en las dictaduras, abusos del poder y matanzas del porvenir.

Hace unos años, una amenaza nos acosa: el periodismo clásico –se multiplica sombría la sentencia– está a punto de morir, devorado por el periodismo 2.0. El anuncio ha resultado impreciso: el viejo periodismo agoniza acosado por un nuevo periodismo que cercado por el régimen y los intereses de los propietarios de los medios, camina lerdo, pregunta poco, cuestiona menos, y como un caballo con anteojeras, solo mira en una sola dirección.

El periodismo cercano a la sociedad languidece,  asfixiado por unos bajos salarios y los exiguos recursos destinados a vigilar al poder. Con las manos atadas por sus negocios y complicidades –en dos años el gobierno de Peña gastó 15 mil millones de pesos de manera discrecional en publicidad en medios afines al régimen– los propietarios de la mayoría de medios ha renunciado a publicar reportajes, historias y textos de investigación que coloquen en la superficie excesos y hechos de corrupción ocultos. Un dato perturbador: hace veinte años los propietarios de los medios solo poseían medios. Hoy son dueños de bancos, constructoras, flotas de aviones, equipos de futbol, hospitales y empresas de telecomunicación. Ya no son solo amigos del poder: la telaraña de intereses los ha asociado de manera inevitable.

¿Se trata de una teoría ideologizada, un pensamiento infundado, una alucinación febril? Las cosas son como son y no como quisiéramos que fuesen, escribió Hemingway. ¿Cómo transcurre el periodismo en los diarios, estaciones de radio y  televisoras, las salas de mando de las redacciones y las oficinas situadas en el centro del poder?

Un viernes 13 de marzo de 2015, Carmen Aristegui condujo por última vez el noticiero matutino Primera Emisión, en MVS. En tres días se gestó su salida de la cabina que había ocupado por seis años, luego de que anunciara al aire una alianza con distintos medios alrededor de Mexicoleaks, una plataforma digital que apuesta a ser la versión mexicana de Wikileaks: recibir documentos anónimos para investigar vergüenzas públicas.

La alianza había sido presentada por el jefe de la unidad de asuntos especiales de la Primera Emisión, Daniel Lizarraga, un veterano y experimentado periodista de investigación que cuatro meses antes había comandado el reportaje de largo aliento bautizado como “La casa blanca de Peña”, que puso al descubierto las relaciones íntimas y el conflicto de interés entre un contratista beneficiario de contratos por más de 60 mil millones y una casa de 80 millones de pesos transferida al presidente y su familia.

A los hermanos Vargas les pareció que el hecho de que la iniciativa Mexicoleaks se anunciara sin su consentimiento representaba un abuso de confianza y acordaron la salida de Aristegui del noticiero más escuchado del país. ¿Pudo ser ese el motivo esencial? Tal vez. O quizá no. Pudo haber sido también que los Vargas, un grupo empresarial pequeño, sin fama de corrupto y con una historia contestataria –en 2011 Joaquín Vargas, patriarca de la familia, se enfrentó al presidente Felipe Calderón al revelar presiones de su gobierno para sacar del aire a Aristegui– habían recibido multas significativas, entre ellas una por más de 4 millones de dólares por una alianza secreta con Carlos Slim, el más opositor de los empresarios al régimen peñista, dos meses antes del despido de la periodista.

Nunca he creído que Mexicoleaks hubiese sido la razón de fondo, pero es el argumento de Los Vargas, así que creamos en él: Aristegui salió de la Primera Emisión de MVS por incurrir en un abuso de confianza y no por un golpe de censura.

¿Qué ha sucedido en el territorio del periodismo mexicano a partir de la salida de Aristegui de MVS en marzo de 2015?

 –En septiembre de 2014, la revista Esquire, afincada en México por Editorial Televisa, publicó una historia del periodista Pablo Ferri en la que un testigo reveló que oficiales del Ejército habían ejecutado a 21 civiles en Tlatlaya, Estado de México. Antes de Ayotzinapa, esas ejecuciones representaron el mayor escándalo del gobierno peñista y llamaron la atención del mundo cuando los diarios y medios internacionales aún veían a Peña como el presidente del cambio representado por la portada “Saving Mexico” de la revista Time. En junio de 2015, con una larga cadena de despidos, la empresa de Emilio Azcárraga comenzó el desmantelamiento de Editorial televisa y de la revista Esquire.

–En junio de 2015, trabajadores denunciaron acoso y censura en el Canal 22. La situación había detonado a partir de la difusión del despido de Aristegui y se intensificó con la orden de no publicar o posponer la aparición de contenidos como “Las huellas de la violencia”, un programa que solo salió al aire después de las elecciones de julio. Un mes después, 20 periodistas fueron despedidos. En octubre, Los Pinos anunció la renuncia del director de Canal 22.

–A finales de junio de 2015, El Universal publicó una serie reportajes desmintiendo a los testigos de las ejecuciones de Tlatlaya a manos de militares y una entrevista con el secretario de la Defensa. Carlos Benavidez, directivo del diario, preguntó: ¿El Ejército no es Tlatlaya, está de acuerdo con eso? Días después, Pablo Ferri, autor de la historia en Esquire y periodista de El Universal Televisión, grabó un video en respuesta al secretario Cienfuegos llamado “Las mentiras del general”. La dirección general del diario ordenó retirar el video unas horas después.

–En octubre, tres periodistas fueron cesados: Martín Moreno, articulista crítico de Peña, y Luz Emilia Aguilar Sinzer, crítica de teatro, ambos del diario Excélsior. Unos días antes, la Suprema Corte había aceptado un amparo interpuesto por la periodista contra un decreto presidencial que recategorizó el Nevado de Toluca para permitir una construcción inmobiliaria. El articulista José Contreras fue despedido por La Crónica.

“En este periódico no se le pega al presidente, te guste o no te guste”, le dijo el director a manera de despedida.

Un periodista cercano al régimen peñista escribió que sepultada por sectores radicales, la verdad histórica de Ayotzinapa había sido suplantada por una verdad ideológica. Como ejemplo del periodismo que agoniza, cabe una pregunta a los periodistas defensores de la verdad institucional:

¿Si Ayotzinapa hubiera sido Tlatelolco 1968, hubieran creído en el Ejército y la versión oficial?

Esos periodistas, hoy voceros del gobierno, años atrás no se quedaron callados y en UnomásunoLa Jornada y Proceso, decidieron hacer periodismo: cuestionar, escarbar, investigar.

¿Cuestionar representa hacer periodismo ideológico?

Poner en duda la versión oficial y que un año después el Secretario de Gobernación admita que el Ejército y la Policía Federal conocieron en tiempo real lo que ocurría en Ayotzinapa, no es más que hacer periodismo lógico, clásico y básico. El periodismo independiente, crítico y próximo a la sociedad que en México está en extinción.

¿Qué resta por hacer?

Resistir. No declinar. Persistir. Fundar espacios alternativos –cerca de la sociedad, lejos del poder– y fuera de los grandes medios, que hoy son negocios y socios, más que faros, puentes y gatos acechantes en un callejón oscuro.

 

Wilbert Torre

Porque cuando un reportero independiente muere, una luz menos alumbra la oscuridad y se desvanece la posibilidad de saber qué pasará en las dictaduras, abusos del poder y matanzas del porvenir.

Wilbert Torre
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